LA IMPOSIBLE VUELTA AL PASADO

Los rancios del siglo XVIII estaban en contra de las vacunas, del método científico y de las nuevas costumbres libertinas.

Los contemporáneos discutían con profusión sobre si el siglo XVIII era un siglo particularmente vicioso. El joven José Cadalso no daba importancia al asunto.

Cansado de discutir, afirmaba de modo altisonante que no estaba dispuesto, por congraciarse con los “rancios” o personas ancladas al pasado, a “profanar su pluma” diciendo que el siglo XVIII era peor que cualquier otro siglo.

No cabía duda de que, por muchas razones, el Siglo de las Luces era un siglo especial. Había más diversión y más libertad que muchos no toleraban e interpretaban como libertinaje.

En el extremo contrario se situaban los que pensaban que en el siglo XVIII se estaban viviendo los momentos más esplendorosos de la civilización occidental.

A estos entusiastas que sostenían que media hora del siglo XVIII valía más que “mil del pasado y del venidero”, Torres Villarroel, uno de los “rancios” más señalados, replicaba con una pregunta de grueso calibre: “¿Cuándo fue la ramera tan señora?”.

La verdad es que las condenas de los moralistas a los que disfrutaban de las alegrías del siglo no surtían ningún efecto. Por mucho que se diagnosticara que el siglo XVIII era más disoluto que cualquiera de los siglos precedentes, dar marcha atrás y recuperar la seriedad del pasado tampoco tenía sentido.

Ni aunque quisieran los “rancios” volverían los tiempos austeros del pasado. En alguna provincia perdida quedaban familias que se aferraban al estilo de vida de la “antigua España”, pero eran tenidas por extrañas y curiosas reliquias del pasado:

«El color de los vestidos, triste; las concurrencias, pocas; la división de los sexos, fielmente observada; las mujeres, recogidas; los hombres, celosos; los viejos, sumamente graves; los mozos, pendencieros, y todo lo restante del aparato me hace mirar mil veces el calendario por ver si estamos efectivamente en el año que vosotros llamáis de 1768 o si es el de 1500, o 1600 a lo sumo».

Desde la perspectiva del alegre siglo XVIII, el siglo anterior tenía un aire triste y avejentado. Incluso los jóvenes de ambos sexos de la anterior centuria parecían viejos caducos. Por el miedo al “qué dirán” las muchachas del siglo XVII se habían encerrado en sus casas y, como se decía en un libro de moda, habían sujetado “el ardiente y vivaz fervor de la juventud fingiendo imitar senectudes por acreditarse juiciosas”.

Hasta Pablo Forner, uno de los más furibundos fustigadores de los vicios dieciochescos, era consciente de que resultaba anacrónico intentar recuperar un estilo de vida que se había perdido para siempre.

Así, en su larga y grandilocuente perorata titulada “Sátira contra los vicios de la corte” en la que Forner hablaba de un joven al que su padre había educado según las antiguas virtudes, se le escaparon los siguientes versos:

«Creed que chocheaba el buen anciano. / Porque viviendo en la venal España, / os crio cual pudiera un espartano».

La principal divergencia de los ilustrados con los “rancios” residía en que estos últimos, en su apego e idealización del pasado, no sólo no aceptaban las costumbres nuevas, sino que también rechazaban las novedades de cualquier orden.

Los ilustrados, en este aspecto, eran progresistas y, en cambio, los “rancios”, unos reaccionarios. Y es que con los “rancios” no se podía contar. Siempre estaban a la defensiva y dispuestos a poner el grito en el cielo.

«Hablar con ellos favorablemente de algún invento extranjero suponía enzarzarse en una polémica imposible, pues veían en todo lo que procedía de fuera una conspiración internacional contra las esencias de la nación española. Como decía el protagonista de las Cartas Marruecas a su amigo marroquí: ¿Sabes la triste consecuencia que se saca de todo esto? No es otra sino que el patriotismo mal entendido, en lugar de ser una virtud, viene a ser un defecto ridículo y muchas veces perjudicial a la misma patria. Sí, Ben-Beley, tan poca cosa es el entendimiento humano que si quiere ser un poco eficaz, muda la naturaleza de las cosas de buenas en malas, por buena que sea».

Costaba un esfuerzo sobrehumano defender ante un “rancio” los beneficios de la vacuna o la necesidad de sanear un pantano para impedir la transmisión de las enfermedades.

Mostrarse partidario del método científico en la observación de los hechos físicos lo tomaban los “rancios” como una “injuria a nuestros abuelos”.

O, peor aún, cuando alguien criticaba la antigua escolástica, los “rancios” decían que estaba atacando la religión de nuestros antepasados y amenazaban a su oponente con llamar a la Inquisición, la institución más rancia de todas.

El caso del rechazo de la vacuna es bastante significativo. Algunos temían más a la vacuna que la enfermedad. Argumentaban que, dado que la vacuna procedía de las vacas, si se inoculaba en los humanos, se corría el riesgo de sufrir mutaciones y transformarse en vaca.

También algunos argumentaban que vacunarse iba contra la ley divina porque se utilizaba un animal inferior dentro de la escala de la creación divina.

En otro orden de cosas, los ilustrados, entre los que Forner y Cadalso se incluían, diagnosticaban como los “rancios” que las nuevas costumbres eran dañinas para la familia y para el Estado.

Por ejemplo, Meléndez Valdés, otro ilustrado defensor de la modernidad, estaba de acuerdo con los “rancios” en rechazar la superficialidad y el libertinaje del siglo. En su poema “La despedida de un anciano” Meléndez Valdés retrataba una España estragada por el vicio en la que las mujeres se jactaban de su lujuria y los jóvenes se reían de las canas de los “sesudos” ancianos.

Los encuentros y los desencuentros de los ilustrados con los “rancios” se preciaban perfectamente en la “Introducción” de las Cartas Marruecas de José Cadalso, en la que el autor aventuraba las posibles reacciones de sus diferentes tipos de lectores:

«Por ejemplo: un español de los que llamamos rancios irá perdiendo parte de su gravedad, y casi llegará a sonreírse cuando lea alguna especie de sátira contra el amor a la novedad; pero cuando llegue al párrafo siguiente y vea que el autor de la carta alaba en la novedad alguna cosa útil, que no conocieron los antiguos, tirará el libro al brasero y exclamará: ¡Jesús, María y José! Este hombre es un traidor a la patria«.

Jovellanos no sabía qué era más perjudicial, si el inmovilismo de los “rancios” o el ansia de diversión de los jóvenes y de los viejos.

En un discurso en el Instituto Asturiano avisaba a sus alumnos que resultaba muy difícil caminar por la senda de la virtud y de la inteligencia “en medio de un siglo en que la superstición y la depravación se disputan el imperio de la sabiduría”.

Jovellanos pensaba, al igual que los “rancios”, que las nuevas costumbres eran perjudiciales para la sociedad y para los individuos. Considerar los momentos de diversión como los más auténticos de la vida, o dejarse llevar por la última moda creyendo que con vestir tal prenda o hacer tal gesto se estaba en la cumbre de la civilización, resultaba extremadamente superficial.

Sin embargo, condenar toda novedad y aferrarse al pasado en nombre de la patria, comportaba estancar España en la incultura y en el atraso.

Texto relacionado con el libro El viejo truco del amor