A TRABAJAR A LOS SIETE AÑOS

Tanto los niños de familias ricos como los de las pobres, empezaban a trabajar a los siete años. Con diez años ya trabajaban como los adultos.

En el siglo XVIII la niñez llegaba hasta los siete años. A esta edad los niños se incorporaban a las tareas productivas de la familia como la recolección o el cuidado del ganado.

Hacia los diez años, tanto a los niños como a las niñas de las clases bajas, se les ponía a trabajar fuera del entorno familiar. Sólo se distinguían de cualquier asalariado adulto en que se les daba trabajos acordes con su desarrollo físico.

La edad a partir de la cual se consideraba normalmente que un niño estaba capacitado para trabajar del mismo modo que un adulto, era a los catorce años.

Por tanto, la infancia, entendida como un tiempo dedicado únicamente al juego y al aprendizaje, se acababa en torno a los siete años, siendo los diez años la edad en que los niños entraban en el mundo adulto del trabajo.

Las condiciones en que se desarrollaba el trabajo de estos niños eran muy precarias porque trabajaban muchas horas y carecían de los pocos derechos que disfrutaban los adultos en aquella época. Además, los niños trabajadores no se quedaban con el dinero que habían ganado, sino que se lo entregaban a sus padres, de los que, como niños que eran, seguían dependiendo.

Este temprano fin de la infancia no era exclusivo de las clases bajas, ni respondía a la necesidad de que hasta los más pequeños aportaran ingresos para que la familia saliera de la penuria. También en las familias adineradas se hacía que los niños empezaran a trabajar a esas mismas edades.

La diferencia estribaba en que un niño de clase baja acababa trabajando como asalariado fuera de su casa, y un niño de una familia burguesa, desde pequeño y durante el resto de su vida, trabajaba en el negocio familiar.

Niños jugando de F. de Goya

El gaditano José María Blanco White nació en una típica familia burguesa del siglo XVIII. Con ocho años ya acudía a la oficina de la empresa familiar White & Plunket. Cuando aprendió a escribir con soltura, le pusieron a copiar la correspondencia de la empresa. Al terminar de trabajar por la noche, volvía a casa, pero no a descansar, sino que se ponía a estudiar latín con un preceptor particular. Y es que, como correspondía a los de su clase, Blanco White compaginaba el trabajo con el estudio.

Con doce años Blanco White, que odiaba el trabajo de oficina y viendo ante sí el futuro que le aguardaba, se le ocurrió que la mejor forma de escaparse del trabajo y dedicarse solamente al estudio era hacerse sacerdote. Se lo comunicó a sus padres, a quienes les pareció que había tomado una decisión adulta, y acordaron que dedicara todo su tiempo a formarse para entrar en un seminario.

Blanco White, que de mayor colgó los hábitos, confesó en sus Memorias que hubiera preferido que sus padres no le hubieran hecho caso y le hubieran tomado como a un niño pequeño incapaz de saber lo que quería.

Corroborando la costumbre de las familias, el Estado reflejaba en su legislación y las instituciones oficiales en sus normativas que, tanto para los niños como para las niñas, la infancia se acababa a la edad de siete años, y que la etapa laboral propiamente dicha comenzaba a los diez años.

Así pues, cuando en las inclusas del Estado los expósitos cumplían los siete años, se daba por terminada su crianza y era el momento en que las autoridades correspondientes decidían cuál sería su destino.

A algunos de los expósitos, que habían sido cuidados hasta entonces fuera de las inclusas por unas familias en un régimen similar a la adopción, se les dejaba quedarse definitivamente con esas familias; a otros se les entregaba a unos patronos para que trabajasen con ellos a cambio de su alimentación y cuidado.

Esta última fórmula, debido a los escasos mecanismos de control, facilitaba la explotación de los niños. Se sabía que muchos expósitos eran forzados a trabajar de sol a sol en las más duras tareas agrícolas, y se había denunciado que algunas alcahuetas habían obtenido niñas para instruirlas en la prostitución.

Lo más común consistía en que los expósitos siguieran dependiendo del Estado y pasasen de las inclusas a los Hospicios. En los Hospicios, teóricamente, recibían una instrucción básica y aprendían los rudimentos de algún trabajo en un régimen similar al de los gremios.

Escenas de la película Master and Commander

Otra salida para los expósitos era la profesión de soldado. Se pensaba que, si a los expósitos se les iba inculcando el espíritu militar desde la más tierna infancia, se acabaría disponiendo de una insuperable casta de soldados.

Entregar los niños huérfanos al ejército fue un modo habitual de reclutamiento en Europa desde mediados del siglo XVII.

Texto relacionado con el libro El viejo truco del amor